| Fidel
Castro: ¿asesino de Allende?
por Servando González
(16 de Junio del 2008)
Quien conoce a su enemigo
como a sí mismo,
en cien batallas no correrá el más mínimo
riesgo.
-- Sun Tzu
Cada
día que pasa, la muerte del presidente constitucional de
Chile, Salvador Allende, ocurrida el 11 de Septiembre de 1973,
recuerda más y más Rashomon, la famosa
novela de Riunosuke Akutagawa, luego inmortalizada en el cine
por Akira Kurosawa. Como en Rashomon, los supuestos testigos
presenciales dan versiones diferentes y contradictorias de los
hechos, las cuales son negadas a su vez por otros que alegan conocer
la verdad.
El suicidio de Salvador Allende: ¿ficción
o realidad?
La versión más difundida, expresada por Fidel
Castro en un discurso el 28 de Septiembre de 1973 y adoptada por
los colaboradores cercanos de Allende, es que el Presidente de
Chile murió como un héroe luchando contra los golpistas.
Pero, como veremos a continuación, poco a poco han ido
apareciendo versiones que difieren radicalmente de esa versión
inicial de los hechos.
No obstante, aún entre los colaboradores cercanos al Presidente,
que se hallaban en La Moneda en los momentos en que ocurrieron
los hechos, las versiones son contradictorias.
Por ejemplo, en su libro Las muertes de Allende, Hermes Benítez
expone varias hipótesis sobre la forma en que murió
Salvador Allende. Por ejemplo, existe la versión del doctor
Patricio Guijón, de que Allende se suicidó con el
propio fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro.
Esta versión fue aceptada y difundida por los militares
golpistas.
Sin embargo la única persona que atestiguó que Allende
se había suicidado fue el doctor Guijón, quien formaba
parte del equipo médico presidencial. El Dr. Guijón
declaró que Allende se había suicidado, porque cuando
él bajaba del segundo piso de La Moneda, a poco de que
los golpistas ocuparan el edificio, escuchó un disparo,
volvió a subir las escaleras, y encontró a Allende
en un charco de sangre.
Es bueno aclarar que Guijón no fue testigo presencial de
la muerte de Allende, por tanto no lo vio suicidarse. Es más,
hasta el momento no existe ni un solo testigo presencial de este
supuesto suicidio.
Desde el comienzo, la izquierda chilena no aceptó la versión
del suicidio. Según éstos, Allende murió
heroicamente en el combate de La Moneda, disparando su fusil contra
los asaltantes hasta el último momento. Esta fue la versión
ofrecida por su hija Beatriz “Tati” Allende y por
Fidel Castro.
Sin entrar en detalles, pues la mayor parte de esta información
es del dominio público y está al alcance de todos
en la Internet, hay varias versiones sobre cuántos disparos
se escucharon.
Algunos aseguran que el cadáver de Allende fue colocado
en un divan, con el fusil entre las piernas, después de
su muerte. También se mencionan varios impactos de bala
en el gobelino que tapizaba la pared detrás del diván.
En un artículo titulado “El sacrificio de un ciudadano
de América Latina”, publicado en La Fogata
el 11 de Septiembre del 2003, Hugo Guzmán ofrece interesantes
detalles sobre lo sucedido en los últimos momentos del
asalto a La Moneda.
"Nosotros, como escoltas, no podemos dar fe de que Allende
se autoeliminó.”
"Al lugar donde estaba el cuerpo de Allende, los primeros
que entran son un reportero supuestamente de El Mercurio que,
por lo que sabemos, era agente de la CIA. Fue el único
que sacó todas las fotos. También entra el oficial
Fernández Larios, de Inteligencia del Ejército,
que ahora está en Estados Unidos como testigo protegido
porque les ayudó para culpar al DINA del asesinato del
canciller Orlando Letelier en Washington. Es un hombre de la
CIA. Y entró el general Pedro Espinoza, jefe de Inteligencia.
En las dos únicas fotos que se han podido ver, aparece
Allende con la camisa completamente limpia. El cuello de la
camisa también aparece blanco, limpio, sin manchas. Una
persona que se dispara en la cabeza, lo que sangra es mucho.
El tenía limpio el cuello y la camisa. Esa es una cosa
que se contradice con la versión de la autoinmolación
con el fusil AK".
Por cierto, hay informes de que los soldados, además de
sacar las fotos, pusieron el cadáver en el piso, lo desnudaron,
lo revisaron y luego volvieron a vestirlo con sus ropas.
Manuel Cortés, escolta de Allende, dice que las dos fotos
testimonian aún más confusiones:
"En una aparece medio recostado con el fusil AK arriba
de las piernas, y en la otra foto está sentado en el
sillón, no recostado, y con el AK parado en el suelo,
entre las piernas, con la culata apoyada en el suelo. De partida,
ahí hubo un montaje".
"Nosotros contradecimos que Allende estaba absolutamente
solo. Por razones de seguridad, y por razones de deformación
profesional si se quiere llamar así, el Dispositivo de
Seguridad jamás dejaba solo a Allende, jamás.
... en las conversaciones más íntimas, siempre
había uno o dos de la seguridad con él, gente
que era de extrema confianza de él. Prácticamente
las 24 horas del día estábamos con él,
mínimo uno al lado de él, incluso durante toda
la noche cuando él dormía. Por lo tanto es imposible
que Allende se haya quedado solo, imposible, imposible".
Lo anterior coincide con versiones publicadas en los años
1974 y 1975, que señalaban que Allende había combatido
después de despedir a sus colaboradores, junto a integrantes
de la escolta, hasta que una ráfaga lo derribó.
Dos escoltas lo habrían cargado hasta el sillón
presidencial y ahí lo dejaron después de colocar
el fusil sobre sus piernas. Esos podrían haber sido algunos
de los miembros de la seguridad personal de Allende, heridos y
asesinados posteriormente.
Continúa Cortés:
"Todas las personas que estuvieron al lado de él,
todos los escoltas, murieron, los mataron posteriormente. Salieron
vivos de La Moneda y posteriormente fueron desaparecidos. No
tenemos testigos de lo que pasó".
Por otra parte, la autopsia realizada a Allende dista mucho
de ser definitiva. Todo indica que el informe de los médicos
forenses se realizó bajo coacción. A Hortensia Bussi,
la viuda de Allende, no le permitieron ver el cuerpo. Menos de
24 horas después de haber muerto, Allende ya había
sido sepultado en un cementerio en Viña del Mar.
En un artículo publicado el 11 de Septiembre del 2003,
“La Moneda, nuestro brutal 11 de Septiembre”, Jorge
Timossi narra como en Febrero de 1986 Hortensia Bussi le confesó
que,
"Hasta el día de hoy yo no sé si en el féretro
que me presentaron los militares estaba o no el cadáver
de Allende. … Vi nada más que un lienzo blanco, debajo
del cual se suponía que había un cuerpo, y un militar
me agarró por la muñeca y me obligó a cerrar.
Yo no sé, nunca supe, si ése era Allende."
Como si todo esto fuera poco, en el 2005, Juan Vivés, pseudónimo
de Andrés Alfaya, un ex-oficial de la inteligencia castrista
que vive exiliado en Francia, dio al mundo una nueva versión
diametralmente distinta de los hechos. Según Vivés,
el Presidente chileno no se suicidó ni murió en
combate, sino que fue asesinado por el general de las Tropas Especiales
cubanas Patricio de la Guardia, quien en la práctica era
el verdadero jefe de la seguridad personal de Allende.
Vivés afirma que esto lo oyó de boca de su tío,
el ex-presidente cubano Osvaldo Dorticós, quien a su vez
lo había oído comentar a los más altos niveles
del gobierno cubano. Aunque sorprendente, la afirmación
de Vivés simplemente le añadió veracidad
a un persistente rumor que ha circulado en Cuba por muchos años.
Según otras fuentes en Chile, la historia de que Allende
se suicidó con el fusil Kalashnikov que le había
regalado Castro, simplemente no puede ser cierta. En primer lugar,
porque el cuerpo de Allende presentaba cuatro heridas de bala:
dos en el abdomen, una en el tórax, y otra en la cabeza,
que penetró por un ojo y al salir le destruyó gran
parte de la parte posterior del cráneo. Esto niega totalmente
la posibilidad de un suicidio.
En segundo lugar, porque los proyectiles hallados en el cadáver
de Allende eran de 9 mm,, un calibre diferente al que usa el AK-47.
Sin embargo, se sabe que Patricio de la Guardia usualmente portaba
una sub-ametralladora UZI, que dispara balas 9 mm.
Algunos de los presentes en La Moneda niegan que Patricio de la
Guardia estuviese allí cuando murió el Presidente.
Pero otros aseguran que ambos hermanos de la Guardia, Tony y Patricio,
estaban allí cuando murió Allende. De hecho, ha
comenzado a rodar una especie de teoría conspiratoria en
la que se alega que el resto de las fotos que tomó el fotógrafo
se hicieron desaparecer porque en algunas de ellas aparecía
Patricio de la Guardia.
En una entrevista realizada algo después, Vivés
abundó sobre el tema. Según Vives, varias semanas
después del golpe, se hallaba en el bar Las Cañas,
del Hotel Habana Libre (antiguo Havana Hilton), donde se encontró
con Patricio de la Guardia y el jefe de la escolta de Fidel, conocido
como “el Chino”. Durante la conversación, el
Chino le preguntó a Patricio cómo se habían
comportado los hombres de la escolta de Allende que él
[el Chino] había entrenado. Vivés asegura que la
respuesta de Patricio fue tajante: “Le me metí un
ramalazo y lo maté por pendejo. Abajo tuve que matar a
un periodista que se apodaba “el Perro”.
Por supuesto, que aunque no se debe descartar de antemano, no
sería prudente confiar a ciegas en la información
suministrada por un ex-agente de un servicio inteligencia que
se haya vuelto en contra de sus empleadores. El supuesto ex-agente
pudiera ser en realidad un agente de desinformación, todavía
al servicio de sus antiguos amos, o simplemente un oportunista
que exagera o inventa información para acrecentar su valor
como fuente.
Vale aclarar que lo anterior no es sólo aplicable a Vivés,
sino a cualquier otro ex-agente de un servicio de inteligencia
que haya roto con sus antiguos empleadores y desertado. Sin embargo,
basándome en información que he leído en
otros de sus artículos y en su libro Los amos de Cuba,
a mí en particular Vivés me parece una fuente de
información digna de crédito. Pero, para ser imparcial,
al final de este artículo, después de que haya presentado
la evidencia, haré un análisis exhaustivo de esta
información. Para ello le voy a aplicar el sistema convencional
que, con ligeras variantes, usan los analistas de inteligencia
en todo el mundo para determinar el valor de toda información.
Por el momento, tan sólo pido al lector que acepte tentativamente
la información suministrada por Vivés, si no como
probable o cierta, al menos como posible
Por otra parte, lo único que explica que Castro no haya
fusilado a Patricio de la Guardia cuando fusiló a su hermano
Tony, es que Patricio posea información que, si se divulgara,
sería altamente perjudicial para Castro. De hecho, cuando
leí la primera información sobre el libro El Magnífico
de Vivés, en el que se mencionaba lo de Patricio, recuerdo
que llamé a un amigo y le dije que ahora me explicaba la
razón por la cual Castro no había fusilado a Patricio.
Poco después, durante una entrevista, Vivés abundó
en el tema, y menciono lo de los documentos de Patricio en un
banco de Panamá, lo que confirmó mis sospechas.
El hecho de que yo haya sospechado la estrategia de Patricio que
le salvó la vida, se debe a que esa es una práctica
común entre los oficiales de los servicios de inteligencia
-- al menos los inteligentes.
Todo oficial de inteligencia descubre, tarde o temprano, que trabaja
para una organización corrupta, cuyo único fin es
el beneficio material y la supervivencia de sus líderes.
Cuando se dan cuenta de esto, los oficiales de inteligencia inteligentes
se preparan para sobrevivir a una traición proveniente
de su propia organización y ponen a buen recaudo documentos
comprometedores que, en caso de emergencia, puedan usar en contra
de sus empleadores. Estos son por lo general los oficiales de
inteligencia que logran retirarse y mueren en su lecho. Muchos
de los que no lo hacen sufren las consecuencias, algunos pagando
con sus propias vidas. Si este es el caso, Patricio ha demostrado
ser mucho más inteligente que su hermano gemelo Tony.
En todo crimen, lo primero que hace un investigador es comprobar
si el supuesto autor del mismo tenía el motivo, la habilidad,
los medios, y la oportunidad para cometerlo, así como que
era reincidente; es decir, si tiene la tendencia a cometer ese
tipo de crimen en particular.
Un somero análisis de los hechos demuestra que Fidel Castro
tenía el motivo. Son muchos los que afirman que el triunfo
de Allende echaba por tierra la teoría castrista de la
lucha armada como única vía para implementar el
socialismo en un país de América Latina. Por consiguiente,
Castro tenía motivos sobrados para descarrilar el proceso
democrático en Chile y deshacerse de Allende. Además,
y esto es muy importante, como veremos más adelante, Castro
debe haberse sentido muy ofendido cuando, a sus ojos, Allende
lo humilló.
Castro también tenía la habilidad, es decir, era
diestro en asesinatos políticos. Desde que ingresó
a la Universidad de La Habana, se sumó a los grupos gangsteriles
que por esa época pululaban. Allí Castro descubrió
que existía una vía rápida de deshacerse
de sus enemigos.
También Castro poseía los medios. En los meses posteriores
a la toma del poder por Allende, Castro logró infiltrar
en Chile a miles de sus agentes, muchos de ellos miembros de sus
fuerzas especiales. Algunos de estos agente terminaron engrosando
las filas del GAP (Grupo de Amigos del Presidente). Por las valijas
diplomáticas que enviaba a la embajada de Cuba en Santiago,
Castro logró ilegalmente introducir al país miles
de armas y municiones de varios tipos.
Castro también tuvo la oportunidad para cometer el asesinato
de Allende. Esta oportunidad se la proporcionó el propio
golpe militar. El caos imperante en La Moneda en los momentos
en que los atacantes se disponían al asalto final creó
las condiciones propicias para cometer el asesinato de Allende
y encubrirlo tras una falsa muerte en combate o un falso suicidio.
Pero Castro no sólo tenía el motivo, la habilidad,
los medios y la oportunidad, sino que también era reincidente,
es decir, tenía una fuerte tendencia a cometer ese tipo
particular de crimen, el magnicidio. Existe abundante evidencia
en el dominio público de que Fidel Castro ha participado
activamente en el planeamiento y ejecución del asesinato
de más de una docena de jefes de estado -- algunos de ellos
exitosos. Más aún, tal parece que asesinar jefes
de estado es una de las obsesiones que han caracterizado la vida
de Fidel Castro desde muy temprana edad.
El Magnicida Caribeño
Desde que ingresó a la Universidad de La Habana para estudiar
la carrera de Derecho, Fidel Castro demostró una gran habilidad
en la eliminación de sus enemigos políticos.
El primero que asesinó por la espalda en, 1947, fue Leonel
Gómez, su rival en las elecciones para presidente de la
Facultad de Derecho. En 1948, participó en el asesinato
de Manolo Castro. Ese mismo año asesinó a Oscar
Fernández Caral, sargento de la policía universitaria.
En 1949 asesinó a Justo Fuentes y a Miguel Sáez.
Pero si Castro demostró ser hábil eliminando a sus
enemigos, lo ha sido aún más deshaciéndose
de sus amigos cuando dejan de serle útiles. Entre los que
perdieron sus vidas debido a Fidel Castro están: Frank
País, líder principal del Movimiento 26 de Julio;
Comandante Camilo Cienfuegos, primera figura en importancia en
el Ejército Rebelde; Rafael del Pino Siero, su amigo de
juventud; Osvaldo Sánchez, líder del Partido Comunista
tradicional; Comandante Manuel Piñeiro “Barbarroja”,
Jefe del Departamento América de los servicios de inteligencia;
Comandante René Rodríguez, Director del Instituto
de Amistad con los Pueblos; Comandante Arnaldo Ochoa, héroe
de la guerra en Angola; Coronel Antonio “Tony” de
la Guardia, su hombre de confianza y asesino personal; Comandante
José Abrahantes, ex-Director de los servicios de inteligencia,
y muchos más, incluyendo “Che” Guevara, que
harían esta lista interminable.
Sin embargo, en lo que Fidel Castro más se ha destacado
en su larga carrera criminal es en asesinar jefes de estado.
Es posible, y su vida ulterior parece confirmarlo, que los preceptores
jesuitas familiarizaran a su alumno predilecto con la Teología
del padre L’Amy, en la que se expone el principio por el
que la Orden concede a sus miembros el derecho de eliminar físicamente
a sus adversarios. También es probable que, como alumno
de los jesuitas en el Colegio de Belén en La Habana, el
joven Fidel haya escuchado de boca de sus preceptores de la Compañía
el principio de la legitimidad del asesinato de los tiranos, así
como de “cometer, sin pecado, actos considerados criminales
por las masas ignorantes.”
Prueba de lo anterior es que, en su apasionada autodefensa durante
el juicio por el ataque al cuartel Moncada, Castro mencionó
la teoría del jesuita español Juan Mariana, quien,
en su libro De Rege et Regis Institutione, comenta que cuando
un gobernante usurpa el poder, aún si ha sido electo democráticamente,
pero gobierna en forma tiránica, es lícito que un
ciudadano ejerza el tiranicidio, ya sea directa o indirectamente,
usando un subterfugio.
A pesar de que algunos de los preceptores jesuitas de Castro aún
profesan una gran admiración por su ex-alumno, sería
injusto culparlos totalmente por la conducta ulterior de éste.
No obstante, por alguna razón desconocida, asesinar jefes
de estado se convirtió en una de las muchas obsesiones
de Fidel Castro, que comenzó a llevar a cabo desde muy
joven. El propio Hugh Thomas se percató del aparente deseo
de Castro de perpetuar “una tradición estudiantil
de tiranicidio.”
Desafortunadamente, como expondré a continuación,
el profundo odio de Castro hacia presidentes democráticamente
electos se sobrepuso a cualquier impulso tiranicida que hubiese
tenido.
Veamos.
En 1947, cuando tenía tan sólo 21 años, Castro
se unió a un grupo de estudiantes universitarios que visitaban
al Presidente Ramón Grau San Martín en el Palacio
Presidencial. Grau era un político que había sido
democráticamente electo por el voto popular. Durante la
visita, el Presidente y los estudiantes se acercaron a uno de
los grandes ventanales del segundo piso del Palacio. En ese momento
Castro le sugirió a uno de ellos que asesinaran al Presidente.
“Tengo la fórmula,” le susurró, “para
tomar el poder ahora mismo y deshacernos para siempre de este
hijo de puta. Lo agarramos y lo tiramos por el balcón.
Cuando esté muerto, le hablaremos al pueblo por la radio
y proclamaremos el triunfo de la revolución estudiantil.”
En el verano de ese mismo año, Castro se unió a
un grupo de aventureros que planeaban invadir la República
Dominicana, asesinar al presidente Rafael L. Trujillo, y dar un
golpe de estado para tomar el poder. Castro participó en
el entrenamiento militar, que se llevó a cabo en Cayo Confites,
un pequeño islote al norte de la provincia de Oriente.
Pero las autoridades descubrieron el complot y arrestaron a la
mayoría de los participantes. Castro logró escapar.
En Abril de 1948, durante la celebración de la Novena Conferencia
Panamericana, estallaron en Colombia unos violentos disturbios
que destruyeron gran parte de la ciudad de Bogotá y causaron
más de 5,000 muertos y miles de heridos. Fidel Castro,
que se hallaba de visita en la ciudad, se unió a la turba.
Testigos presenciales afirman que, poco después de las
4 de la tarde de ese día, vieron a Castro al frente de
una turba que gritaba “A palacio”. Según los
testigos Castro portaba un rifle y gritaba histéricamente
que iban al palacio a matar al presidente colombiano Mariano Ospina
Pérez.
En Agosto de 1951, el ataúd que contenía los restos
mortales del líder populista cubano Eduardo “Eddy”
Chibás fueron conducidos a la Universidad de La Habana
para que los estudiantes le rindieran homenaje. José Pardo
Llada, a la sazón amigo de Castro, cuenta que Fidel se
le acercó y le dijo, “Pepe, llevemos el muerto a
Palacio y tomemos el poder. Tú serás el Presidente
y yo el Jefe del Ejército.” El Presidente de Cuba
en ese momento era Carlos Prío Socarrás, electo
por el voto popular.
Pardo Llada no menciona si Castro le dijo cómo pensaba
deshacerse del Presidente Prío, pero un incidente ocurrido
anteriormente tal vez nos dé una idea de lo que Fidel tenía
en mente.
En 1949, mientras Castro hacía los preparativos para un
viaje que pensaba hacer a los Estados Unidos, visitaba casi diariamente
el apartamento de su amigo Max Lesnick, situado en la calle Morro,
muy cerca del Palacio Presidencial. Lesnick le contó a
Tad Szulck que un día, mientras miraba desde el balcón
hacia el Palacio, Fidel tomó una escoba y, apuntándola
como si fuese un rifle, le dijo a la abuela de Lesnick: “Mire,
si Prío sale a la terraza del Palacio a echar un discurso,
lo mato desde aquí con una sola bala de un rifle con mira
telescópica . . .”
En Marzo de 1953 Fidel Castro y un grupo de conspiradores se confabularon
para asesinar al Presidente Fulgencio Batista. La oportunidad
se les presentó cuando Batista decidió asistir a
una reunión de veteranos de la Guerra de Independencia,
que se celebraría en el mes de Julio en Santiago de Cuba,
en la provincia de Oriente. Castro y algunos de los conspiradores
obtuvieron documentación falsa, uniformes del ejército,
y placas de auto oficiales y viajaron a Santiago para hacerle
un atentado a Batista. Pero al parecer Batista sospechó
que algo andaba mal, y canceló la visita. La policía
tuvo sospechas de que Castro tramaba algo y lo detuvo. Pero poco
después lo dejaron en libertad por falta de pruebas.
Existen rumores de que el ataque al Cuartel Moncada, que Castro
y su grupo realizaron unos meses después, el 26 de Julio
de 1953, iba a coincidir con una visita que Batista iba a hacer
al cuartel. Pero de nuevo Batista canceló la visita en
el último momento. Puede que los rumores tengan algo de
cierto, porque la estratagema que Castro y sus hombres usaron
para que los guardas abrieran la puerta de entrada fue gritar:
“¡Abran la puerta. Llegó el General [Batista]!”
La obsesión de Castro por asesinar presidentes no terminó
cuando tomó el poder en Cuba en 1959. El 26 de Abril de
ese mismo año, Castro infiltró en Panamá
un grupo de 84 cubanos y panameños residentes en Cuba.
El objetivo de este grupo era asesinar al presidente Ernesto de
la Guardia y encender la chispa de una revolución en ese
país. Pero las fuerzas militares panameñas neutralizaron
la fuerza invasora pocas horas después de haber desembarcado.
Poco después de la frustrada aventura panameña,
otro grupo militar partió secretamente de Cuba el primero
de Junio de 1959 con destino a Costa Rica, desde donde pensaban
infiltrarse en Nicaragua para ultimar al presidente/dictador Luis
Somoza, enemigo jurado de Castro. La invasión fracasó
y, por supuesto, Castro negó su participación en
la misma.
Menos de dos semanas más tarde, el 14 de Junio de 1959,
Castro envió un grupo similar a la República Dominicana,
con la misión de asesinar al Presidente Rafael L. Trujillo.
La animadversión de Castro hacia el dictador dominicano
se remontaba a sus días en la Universidad de La Habana,
cuando, en 1947, se unió a un grupo de cubanos que se entrenaba
en Cayo Confites para invadir la República Dominicana y
asesinar a Trujillo.
Ambas operaciones, en Nicaragua y la República Dominicana
fracasaron, y Castro se apresuró a negar que él
personalmente las hubiese ordenado. Pero, dada su afinidad por
tal tipo de hechos, todo indica que fue Castro quien las ordenó.
Tan sólo un par de meses más tarde, a mediados de
Agosto de 1959, Castro envió una grupo militar a Haití.
Su misión consistía en asesinar a François
“Papa Doc” Duvalier, el dictador haitiano. El grupo
se componía de 30 cubanos, había sido organizado
por Che Guevara, y lo comandaba un argelino que había luchado
en las fuerzas de Castro en la Sierra Maestra. Pero, tal como
había sucedido con las operaciones contra Panamá
y República Dominicana, esta también resultó
en un desastre, y la mayoría de los atacantes perecieron.
Castro nunca respondió a las acusaciones del gobierno de
Duvalier de su complicidad en la operación.
En 1962, Castro intentó asesinar al presidente democráticamente
electo de Panamá, Roberto Chiari. Según un informe
del FBI, fechado el 25 de Octubre de 1962, Humberto Rodríguez
Díaz, uno de los asesinos enviado por Castro, en complicidad
con un ex-embajador cubano en Panamá, trató de atentar
contra la vida del Presidente panameño.
El próximo año, en la primavera de 1963, Castro
envió varias toneladas de armas y municiones a un grupo
revolucionario, para que asesinaran al presidente de Venezuela
Rómulo Betancourt. La obsesión de Castro con asesinar
al Presidente Betancourt, quien inicialmente lo apoyaba, ha sido
ampliamente documentada.
Ese mismo año, los periódicos colombianos publicaron
reportajes informando que los aviones que habían transportado
a un grupo de asesinos desde Cuba a la península de La
Guajira, en Colombia, habían sido proporcionados por Fidel
Castro. La misión de este grupo era asesinar al presidente
León Valencia y derrocar su gobierno. Esta información
fue corroborada el 17 de Octubre de 1963 por el propio Presidente
Valencia, en una nota que envió a todas las misiones diplomáticas
en Bogotá en la que acusaba a Castro de ser responsable
por la operación.
Unos pocos meses después, el 26 de Febrero de 1964, un
nuevo complot fue descubierto con motivo de la visita que Valencia
pensaba hacer a Cali. El próximo año, Valencia señaló
a Castro como el instigador de ambos intentos de asesinato.
En Julio de 1979, el dictador nicaragüense Luis Somoza fue
derrocado por efectivos del Frente Sandinista de Liberación
Nacional, que contaba con el apoyo de Castro, y escapó
del país para convertirse en un exiliado político
en el Paraguay. Unos pocos meses después Somoza y sus guardaespaldas
fueron asesinados en una calle de Asunción por un grupo
Sandinista que usó ametralladoras y bazucas. Algunos miembros
de la inteligencia castrista se jactaron públicamente de
que el equipo de asesinos había sido entrenado en Cuba.
En el documental “Fidel”, dirigido por Estela Bravo,
Castro cuenta una anécdota sobre lo que sucedió
cuando en 1963 hizo una visita a la Unión Soviética
invitado por Nikita Jrushchov. El Premier soviético deseaba
limar asperezas con Castro después de los sucesos de la
crisis de los cohetes de 1962, en los que había llegado
a un acuerdo con el Presidente Kennedy a espaldas de Castro.
Según Castro, Jrushchov lo invitó a ir de cacería
y, durante ésta, un animal saltó a pocos metros
enfrente del Premier Soviético y Castro le disparó
con su escopeta. Los proyectiles cruzaron peligrosamente cerca
de la cara de Jrushchov. “¿Y sabe lo que me pasó
por la mente en ese momento?”, le pregunta Castro en el
documental a su interlocutora, “¿Qué pasa
si en una cacería, en un accidente de estos, yo le doy
un tiro a Jrushchov?”
El sólo hecho de que Castro haya recordado tan vívidamente
el hecho, y que lo haya contado con lujo de detalles, incluyendo
lo que pensó, indica que tiene una mente patológicamente
enrevesada. Pero, conociendo a Castro y su afinidad por tal tipo
de crimen, lo más probable es que en realidad lo que le
haya pasado por la mente fue asesinar a Nikita Jrushchov quien,
según Castro, lo había traicionado y humillado durante
la crisis de los cohetes.
Todo indica que Jrushchov nunca se percató de lo cerca
que estuvo de ser una víctima más en la larga lista
de jefes de estado asesinados por el magnicida caribeño.
Aunque la mayoría de los iniciales intentos magnicidas
de Castro fracasaron, sería erróneo pensar que tan
sólo fueron elucubraciones producto de una afiebrada mente
juvenil. Por el contrario, Fidel Castro ha tenido una larga experiencia
en la profesión de asesino, tanto directa como indirectamente,
y la evidencia indica que algunas veces ha tenido éxito
en su empeño -- no sólo en cometer el asesinato,
sino en hacerlo impunemente. La mayor prueba de su habilidad en
ese campo probablemente sea el asesinato del presidente norteamericano
John F. Kennedy.
Fidel Castro, ¿asesino de Kennedy?
Poco antes de asumir la presidencia en 1963, el presidente Lyndon
Baynes Johnson descubrió que, tal como lo expresó
gráficamente con gran disgusto, “Habíamos
estado operando un Murder Inc. en el Caribe.” Según
lo que le contó a algunos amigos cercanos, Johnson sospechaba
que el asesinato de Kennedy había sido llevado a cabo por
Castro como venganza.
Johnson sospechaba que el asesino del presidente John F. Kennedy
había sido “influido o dirigido” por Fidel
Castro, y sus sospechas crecieron con el tiempo. Unos pocos años
después del asesinato de Kennedy, Johnson le confesó
a su amigo Howard K. Smith, “Te voy a decir algo que te
hará tambalear: Kennedy estaba tratando de asesinar a Castro,
pero Castro lo asesinó a él primero.”
Parece que Robert Kennedy, el hermano del Presidente, albergaba
sospechas similares. Cuando en Enero de 1971 el periodista Jack
Anderson reportó la historia de los planes de los hermanos
Kennedy para asesinar a Fidel Castro, también reportó
que Robert Kennedy había quedado devastado emocionalmente
después de la muerte de su hermano. Robert creía
que sus intentos de asesinar a Castro habían provocado
el asesinato de su hermano.
Pero el President Johnson y Robert Kennedy no eran los únicos
que albergaban sospechas sobre la participación de Castro
en el asesinato del Presidente Kennedy. Otro que tenía
las mismas sospechas era el juez del Tribunal Supremo Earl Warren.
Warren le contó en privado a unos amigos que “uno
de los principales sospechosos” en el asesinato de Kennedy
era Fidel Castro.
También tenía las mismas sospechas el ex-embajador
norteamericano en México Thomas Mann. Según lo expresó,
Castro es el tipo de persona que se vengaría de esta
forma. El es el tipo de extremista que reacciona emocional en
vez de intelectualmente, y sin preocuparse mucho por los riesgos.
La historia de su vida lo demuestra.
El Senador Robert Morgan, miembro del Comité Senatorial
de Inteligencia (también llamado “Church Committee”),
fue aún más categórico. No sólo tenía
sospechas, sino que estaba totalmente convencido de Castro había
sido el asesino del Presidente Kennedy. Según afirmó,
“No me cabe la menor duda de que Fidel Castro, o alguien
siguiendo sus órdenes, asesinó a John F. Kennedy
como venganza por nuestros intentos de asesinarlo a él.”
El Presidente Johnson y el resto de los que, como él, tenían
sospechas del papel de Castro en el asesinato de Kennedy tal vez
no estaban lejos de la verdad, porque Castro tenía sobradas
razones para vengarse. El mismo día que Kennedy fue asesinado
en Dallas, Desmond Fitzgerald, un alto oficial de inteligencia
de la CIA y amigo personal del Fiscal General Robert Kennedy,
sostuvo una entrevista secreta con Rolando Cubela para planear
el asesinato de Fidel Castro.
Tal como sus colaboradores cercanos pueden atestiguar, Castro
es una persona muy vengativa. Nunca perdona una ofensa, real o
imaginaria, en particular cuando cree que alguien lo ha humillado.
Y no cabe duda de que Castro se sintió muy humillado con
el resultado de la crisis de los cohetes de 1962. Algunos testigos
presenciales han narrado con lujo de detalles la perreta que cogió
cuando le dieron la noticia de que Jrushchov y Kennedy habían
resuelto la crisis a sus espaldas, ignorándolo por completo.
Según contó Che Guevara, Castro pateó una
pared con tal fuerza que el impacto desprendió un espejo
que se rompió en mil pedazos.
Yo mismo fui testigo presencial de una de las explosiones de ira
de Castro cuando, pocos días después de terminada
la crisis, nos dijo a un grupo de estudiantes en la Universidad
de La Habana que Nikita Jrushchov era “un maricón”,
y John F. Kennedy “un millonario comemierda y un hijo de
puta”.
En honor a la verdad, Castro tenía razones suficientes
para sentirse humillado. Theodor Sorensen señaló
que algunas de las medidas que los asesores del Ex-Comm le sugirieron
a Kennedy que tomara durante la crisis, tales como los vuelos
de reconocimiento a baja altura sobre Cuba, no sólo tenían
por objetivo un mejor reconocimiento aéreo, sino también
hostigar y humillar a Castro.
No voy a adentrarme aquí en una explicación detallada,
que sería demasiado larga, de los indicios que apuntan
hacia Fidel Castro como partícipe en el asesinato de John
F, Kennedy. Baste decir que ya hay autores que han señalado
esa posibilidad y brindado pruebas. Véase, por ejemplo,
el libro de Gus Russo Live by the Sword, el documental de Wilfried
Huismann Rendezvous with Death, y mi propio libro The Secret Fidel
Castro, en el que dedico todo un capítulo a ese tema.
Pero, como verán más adelante, en mi caso he avanzado
un paso más, y ahora estoy convencido de que tanto el asesinato
de Kennedy, como el Gaitán y el de Allende, fueron operaciones
conjuntas ejecutadas por Castro y la CIA siguiendo órdenes
de los banqueros de Wall Street.
La evaluación de la información
Después de leer los argumentos expuestos más arriba,
sólo cabe una pregunta: ¿Fue Castro el autor intelectual
del asesinato de Salvador Allende? ¿Es cierto lo que afirma
Juan Vivés de que Fidel Castro ordenó el asesinato
del Presidente de Chile?
La mayor dificultad en llegar a una conclusión reside en
que Vivés no fue testigo presencial de los hechos, y lo
que afirma lo oyó de segunda mano. Además, Vivés
es un ex-agente de inteligencia, y éstos son siempre considerados
como fuentes cuestionables. La razón de esto se debe a
que, en primer lugar, siempre existe la duda de si la ruptura
con su servicio de inteligencia fue verdadera o falsa. En segundo
lugar, porque los ex-agentes de inteligencia en el exilio, en
un esfuerzo por sobrevalorarse, tienden a exagerar sus conocimientos
sobre los hechos.
En el campo de la inteligencia y el espionaje, inteligencia es
por definición “información que ha sido evaluada
y validada”. Pero esta información es casi siempre
fragmentaria, casi nunca totalmente documentada, y, por tanto,
imposible de validar directamente. Por ejemplo, una prueba irrefutable
de que Vivés dice la verdad sería obtener los documentos
que, según él, Patricio de la Guardia mantiene secretos
en la caja de seguridad de un banco. Pero esto es casi imposible
que ocurra, al menos mientras Castro esté vivo.
Lo anterior podría llevarnos a pensar que, como en Rashomon,
es imposible dilucidar quién dice la verdad. Sin embargo,
a pesar de la carencia de pruebas directas documentales, existen
otros métodos que permiten evaluar la información
en forma indirecta. Confrontados con casos similares, los servicios
de inteligencia han creado metodologías que permiten determinar
la probabilidad de que determinada información sea cierta
con un alto porcentaje de éxito. Esta evaluación
de la información se clasifica con un sistema convencional
de letras y números.
A continuación usaré al sistema usado por la CIA,
pero los sistemas empleados por la KGB, Mossad, MI6 y otros servicios
de inteligencia son muy similares.
Evaluación
de la Información
|
| Confiabilidad de la fuente |
Certeza de la información |
| A. Altamente confiable |
1. Altamente cierta (Confirmada
por otras fuentes altamente confiables) |
| B. Generalmente confiable |
2. Probablemente cierta (Concuerda
con otras informaciones de certeza verificada) |
| C. Algo confiable |
3. Posiblemente cierta |
| D. Poco confiable |
4. Dudosa. |
| C. Imposible de determinar |
5. Imposible de determinar |
Como se puede apreciar, la evaluación de la información
tiene que ver tanto con la confiabilidad de la fuente que provee
la información, como con la información en sí
misma, es decir, su credibilidad -- un proceso que incluye el
contrastar la nueva información con información
existente ya validada. Estos dos aspectos están intimamente
ligados, y no pueden separarse el uno del otro.
Sin embargo, hay de destacar que ambas evaluaciones son independientes
una de otra, y se denotan mediante un sistema de letras y números
similar al indicado más arriba. De modo que, según
este sistema, una información considerada posiblemente
cierta proveniente de una fuente poco confiable se denotaría
como “D3”.
Por otra parte, no hay que olvidar que, a pesar de todos los intentos
de objetivizar el sistema, las personas que analizan una información,
incluso los analistas de inteligencia, tienden a creer lo que
de antemano sospechan sea cierto. Por tanto, este elemento subjetivo
distorsionador de la realidad siempre estará presente en
toda evaluación de la información.
Veamos a qué resultado llegaría un analista de inteligencia
si aplicara este sistema a la evaluación de la información
suministrada por Vivés de que el General Patricio de la
Guardia ultimó al presidente de Chile, Salvador Allende.
En mi caso, después de haber leído algunos artículos
de Vivés, además de su libro Los amos de Cuba,
considero que Vivés es una fuente generalmente confiable,
o sea, una B. Sin embargo, para evitar cualquier tipo de prejuicio
personal positivo hacia Vivés, le voy a dar tan sólo
una C, o sea, una fuente algo confiable.
Otro elemento que le añade credibilidad a lo expresado
por Vivés es que, poco después de haber hecho sus
declaraciones sobre lo de Patricio de la Guardia, varios presuntos
agentes de influencia castristas en el exilio se dieron al unísono
a la tarea de desacreditar a Vivés, tildándolo de
cuentista, mentiroso, etc. El hecho de que los servicios de inteligencia
castrista se hayan arriesgado a “quemar” a algunos
de sus agentes en el exilio para restarle veracidad a las declaraciones
de Vivés indica la magnitud del daño que estas declaraciones
les producían. Si la información aportada por Vivés
hubiera sido falsa, lo más probable es que el gobierno
de Castro la hubiese negado rotundamente, aportando pruebas sólidas.
Sin embargo el gobierno castrista no sólo no refutó
las acusaciones de Vivés, sino que puso en acción
a sus agentes para desacreditar la fuente.
Ahora pasaremos al análisis de la información en
sí misma. Como vimos más arriba, Castro no sólo
tuvo el motivo, la habilidad, los medios, y la oportunidad para
cometer ese crimen, sino que también tiene una extraordinaria
tendencia a cometer tal tipo de crimen, pues ya los había
cometido con anterioridad y los ha seguido cometiendo después
de la muerte de Allende.
Más aún, también hay que recordar que, tal
como expuse más arriba, la información de que Patricio
de la Guardia asesinó a Allende ha sido confirmada por
Dariel “Benigno” Alarcón, una fuente considerada
generalmente confiable.
También existen otras informaciones confirmadas que apuntan
hacia Castro como el autor intelectual del asesinato de Allende
a manos de Patricio de la Guardia.
Es sabido que los fusilamientos del General Arnaldo Ochoa y el
coronel Antonio “Tony” de la Guardia no tuvieron absolutamente
nada que ver con los motivos alegados de que estaban involucrados
en el tráfico de drogas a espaldas de Castro. En Cuba es
muy difícil, si no imposible, hacer algode esa envergadura
a espaldas de Castro. El motivo principal por el que Castro quería
deshacerse de ellos era porque sabían demasiado.
Por tanto, no tiene lógica que Castro le haya perdonado
la vida a Patricio y haya fusilado a su hermano Tony. Lo único
que lo explica es que Patricio haya puesto a buen recaudo documentos
comprometedores que se revelarían en caso de su muerte
prematura. Según Vives, este ha sido precisamente el motivo
por el que Patricio de la Guardía aún esté
con vida.
Más aún, si creemos más en lo que la gente
hace que en lo que dice, hay indicios de que la izquierda chilena
pro-Allende también tenía sus sospechas respecto
a Castro. Me refiero al hecho de que, antes de que Allende tomara
el poder en Chile, los izquierdas chilenos pululaban en la Isla.
Algunos de ellos hasta lograron ocupar puestos de importancia
en organizaciones como el Ministerio del Comercio Exterior y la
Junta Central de Planificación.
A la muerte de Allende y el comienzo de la represión del
régimen de Pinochet, lo más lógico era que
los chilenos hubiesen elegido la Cuba castrista, con su hospitalidad
y su agradable calor tropical, como el país que mejor los
habría acogido en el exilio. Sin embargo, no fue así.
Los chilenos prefirieron los fríos de Francia y otros países,
incluidos los Estados Unidos, antes que arriesgarse a sufrir el
abrazo de Castro. Dos que lo hicieron, la hija de Allende, “Tati”,
y la hermana, Laura, se suicidaron en extrañas circunstancias.
Por consiguiente, dados los hechos expuestos anteriormente, que
confirman la información brindada por Vivés directamente
por fuentes confiables, así como indirectamente, por fuertes
indicios, considero que la certeza de esta información
debe ser considerada 2, es decir, probablemente cierta, pues concuerda
con otras informaciones de certeza verificada. Esto nos daría
una evaluación C-2, lo cual se considera entre los analistas
de inteligencia como un alto índice de probabilidad de
que una información sea cierta.
Finalmente, es necesario tener en consideración lo siguiente.
En primer lugar, Patricio de la Guardia era el general al mando
de la División de Tropas Especiales del ejército
de Cuba. Esta División es una especie de mini-ejército
que depende directamente de Fidel Castro.
Las aguerridas y bien equipadas Tropas Especiales no sólo
son el ejército privado de Castro y constituyen su último
círculo protector, sino también su brazo militar
secreto a cargo de la subversión en todo el mundo. Un oficial
de las Tropas Especiales que hubiera tomado por sí mismo
una decisión como la de matar a Allende sin recibir una
orden directa de Fidel Castro, habría sufrido inmediatamente
graves consecuencias.
Pero tenemos el hecho de que, inmediatamente después de
los sucesos de La Moneda, Patricio de la Guardia no fue detenido,
ni removido de su cargo, ni sufrido las consecuencias que le habrían
acarreado cometer semejante error. Por el contrario, tras su regreso
a Cuba su prestigio y sus privilegios se acrecentaron. Por tanto,
hay que llegar a la conclusión ineludible de que, si Patricio
de la Guardia ultimó a Salvador Allende, como cabe a todo
militar disciplinado lo hizo en cumplimiento de su misión
de combate, cumpliendo órdenes expresas de su jefe superior
directo, Fidel Castro.
El asesinato de Allende: ¿una operación
conjunta Castro-CIA?
La prensa liberal e izquierdista norteamericana ha informado en
gran detalle cómo la Agencia Central de Inteligencia norteamericana
conspiró para desestabilizar el gobierno de Allende. La
principal prueba que se aporta es que los militares chilenos no
habrían podido llevar a cabo el golpe militar sin el apoyo
directo de la CIA y el gobierno norteamericano. También
se menciona el llamado “período de inestabilidad”
del gobierno de la Unidad Popular entre 1970-1973, causado por
una serie de operaciones secretas de la CIA para desestabilizar
el país, entre las que se incluyen el asesinato del general
Schneider y la huelga nacional de camioneros.
En Octubre de 1972, la agrupación de camioneros declaró
un paro nacional, lo que agravó aún más los
problemas de distribución. Poco después, impulsados
por la grave situación económica y el miedo a que
sus propiedades fueran nacionalizadas, muchos otros sectores de
la economía chilena se sumaron al paro. Este paro fue provocado
y financiado en más de dos millones de dólares por
oficiales de la CIA en Chile, quienes conspiraban para derrocar
el gobierno de Allende. La CIA también entregó dinero
a varios periódicos opositores, principalmente a El
Mercurio. El abundante barrage propagandístico contribuyó
a que el resto de la oposición se uniera al paro, que pronto
incluyó ingenieros, abogados, dentistas, médicos,
profesores, estudiantes y muchos más profesionales. Muy
pronto el país quedó virtualmente paralizado.
Algunos opositores al gobierno manifestaron frente a los cuarteles,
y les arrojaron trigo y maíz a los soldados, insinuándoles
que eran gallinas que no tenían el valor de derrocar el
gobierno. Se sospecha que muchas de estas acciones encaminadas
a derribar el gobierno de Allende fueron directamente financiadas
por la CIA.
Pero, en contraste, la prensa norteamericana y latinoamericana
ha mantenido un profundo silencio sobre los esfuerzos de Castro
con el mismo fin. En realidad, la desestabilización del
gobierno del Presidente Allende no comenzó con el llamado
“período de inestabilidad”, sino mucho antes,
cuando Allende vaciló en seguir los consejos de Castro
de darse a sí mismo un golpe de estado y transformar la
democracia chilena por la vía violenta en una dictadura
totalitaria tipo castrista.
Fue entonces cuando Castro comenzó a enviar en secreto
grandes cantidades de armamentos a los grupos radicales izquierdistas
chilenos. Colaboradores cercanos a Castro han contado sus explosiones
de ira y sus comentarios despectivos sobre Allende. El ex-oficial
de la inteligencia castrista Jorge Masetti ha informado en detalle
sobre el desprecio que Castro sentía por Allende. Según
Castro, Allende no duraría mucho en el poder, porque era
un cobarde.
Lo anterior no significa que fuera Castro, no la CIA, el único
responsable por el derrocamiento del democráticamente electo
presidente de Chile. Por el contrario, todo indica que el derrocamiento
de Allende fue una operación conjunta Castro-CIA -- que
no fue ni la primera ni la última.
La prensa liberal norteamericana no le ha informado esto al público
porque, tal como corresponde a la imagen implantada en el cerebro
de los norteamericanos por los lavadores de cerebro de la prensa
al servicio de los banqueros de Wall Street, tanto Allende como
Castro han sido víctimas de la malvada CIA -- a la que
siempre usan como chivo expiatorio. La noticia de que tanto la
CIA como Castro han sido socios cercanos por mucho tiempo en el
negocio del asesinato político destruiría este mito
cuidadosamente elaborado.
Como dato interesante es bueno señalar que, a pesar de
que el gobierno norteamericano generalmente culpa a la CIA por
sus “errores”, nunca un alto funcionario de la CIA
ha sido castigado, y mucho menos despedido. La única excepción
a la regla ocurrió cuando el Presidente Kennedy despidió
a Allen Dulles por el “fracaso” de la invasión
de Bahía de Cochinos, pero ya sabemos cómo pagó
el Presidente por su error.
Lo anterior explica la razón por la cual la CIA, que ha
demostrado una extraordinaria eficiencia en asesinar líderes
políticos en el extranjero -- y también en los propios
Estados Unidos -- ha sido sido tan incompetente en sus esfuerzos
por asesinar a Castro.
Desafortunadamente, tanto Castro como la CIA han encontrado aliados
a su conspiración de silencio entre quienes debía
ser sus más acérrimos enemigos. Enfrentados con
la posibilidad de que el presidente Allende no se suicidó,
sino que fue ultimado por un agente castrista, los izquierdistas
del mundo, incluídos los chilenos, han adoptados dos posturas
diferentes: ignorar el hecho, o inventar una excusa plausible.
La teoría de la excusa es más o menos esta: Castro
ordenó el asesinato de Allende, pero lo hizo por motivos
nobles. Castro no quería que Allende pasara a la historia
como un cobarde que se entregó a las tropas golpistas,
o que se suicidó porque no tuvo la valentía de enfrentarlos
con las armas en la mano. De modo que Castro ordenó a su
agente Patricio de la Guardia que, caso de que viera a Allende
titubear, lo ultimara, para que pasara la historia, si nó
como un héroe, al menos como un mártir; como un
símbolo de la lucha antiimperialista mundial.
Pero existe abundante información que apunta hacia una
explicación totalmente diferente. Según esta nueva
evaluación de los hechos, los motivos de Castro fueron
bien lejos de ser nobles y no fueron totalmente motivados por
rencillas personales. Castro no trató de salvar la memoria
de Allende para la posteridad, sino que, como acostumbra a hacer
con sus amigos, cometió una vil traición.
Todo indica que, que los asesinatos de Salvador Allende y de John
F. Kennedy, así como la captura y muerte de Che Guevara
en Bolivia, han sido operaciones conjuntas Castro-CIA. Pero la
CIA no es sino el brazo armado de los banqueros de Wall Street
y las corporaciones transnacionales. De modo que lo más
probable es que las órdenes de asesinar a Kennedy, a Guevara,
y a Allende hayan partido de la Pratt House en Manhattan, sede
del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), la organización
donde reside la jefatura central de los banqueros.
Fidel Castro, ¿agente de la CIA?
En los últimos meses han aumentado en la internet los artículos
y comentarios en los blogs, en los que se comenta la posibilidad
de que Fidel Castro en realidad sea un agente de la CIA. En uno
de los más recientes aparece una serie de preguntas sobre
cosas inexplicables en la conducta de Fidel Castro y de sus supuestos
enemigos, que sólo podrían explicarse si Fidel Castro
en realidad no fuera quien dice ser. La conclusión del
autor: Fidel Castro tiene que ser un agente al servicio de la
CIA.
Sin embargo, los artículos contienen una serie de inexactitudes
que es preciso señalar. Esto no implica una crítica
a los autores de estos artículos, que esencialmente apuntan
a la respuesta correcta. Por el contrario, yo mismo, que por muchos
años me consideré pionero en la formulación
de esa teoría (Véase mi libro Historia herética
de la revolución fidelista, publicado en 1986 y mi
largo artículo “Fidel Castro Supermole”, publicado
en la Internet inicialmente en 1995, así como mi libro
The Secret Fidel Castro: Deconstructing the Symbol, donde
también menciono el tema), al igual que los autores de
estos artículos, también cometí el error
de pensar que Fidel Castro no sólo había sido reclutado
por la CIA, sino que también había estado trabajando
para los norteamericanos todo este tiempo -- lo cual es verdad
hasta cierto punto, pero no toda la verdad. La causa del error
reside en que, para poder entender a cabalidad la relación
Castro-CIA hay que conocer mejor a esta última.
Contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente,
la CIA nunca ha sido una organización al servicio de los
intereses del pueblo norteamericano, sino de los banqueros de
Wall Street y los magnates petroleros que la crearon -- todos
ellos nucleados alrededor de una organización llamada Consejo
de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations, CFR).
Esto explica el por qué tanto los éxitos como los
llamados "fracasos" de la CIA, siempre han redundado
en beneficio de sus verdaderos amos.
En estos momentos existe abundante evidencia testimonial y circunstancial
que indica que los verdaderos amos de la CIA reclutaron a Fidel
Castro a través de su recién creada Agencia a comienzos
del 1948 y lo enviaron a Bogotá, Colombia como agente provocador
en una misión importante. El reclutamiento se llevó
a cabo en la residencia de Mario Lazo, un abogado cubano educado
en los E.U., que tenía estrechos nexos con la embajada
norteamericana en Cuba.
La misión de Castro consistía en asesinar al líder
populista y candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán
y participar en los disturbios luego conocidos como el Bogotazo.
Estos violentos disturbios comenzaron al mediodía del 9
de Abril, poco después del asesinato de Gaitán por
Juan Roa Sierra, un pobre diablo perturbado de sus facultades
mentales -- o tal vez un ejemplo temprano de “candidato
de la Manchuria”, predecesor de Oswald y de Sirham.
Por tanto, no fue una coincidencia que Fidel Castro y su amigo
Rafael del Pino Siero, se hallaran de visita en Bogotá
desde comienzos de Abril con el pretexto de asistir a una reunión
internacional de estudiantes. Los gastos del viaje habían
sido pagados por Juan Domingo Perón, el presidente argentino.
Perón era amigo personal de Allen Dulles, y tuvo un papel
importante en dar refugio a nazis que escaparon de Alemania a
la caída del nazismo. Muchos de éstos luego fueron
a dar a los Estados Unidos y algunos de ellos, como el General
Reinhard Gehlen, terminaron trabajando para la CIA.
Castro y del Pino tenían concertada una entrevista con
Gaitán para esa misma tarde, una hora después de
que fuese asesinado. En el momento en que Gaitán fue asesinado,
ambos se hallaban en un café situado casi frente al lugar
en que ocurrieron los hechos. Más aún, luego se
supo que Castro y del Pino habían estado en contacto con
el asesino en varias oportunidades.
No fue por casualidad que los disturbios coincidieran con la celebración
en Bogotá de la Novena Conferencia Panamericana que presidía
el secretario de estado norteamericano George Marshall, también
miembro del CFR y agente secreto de los banqueros. Tampoco es
casualidad que muchos de quienes estaban presentes en casa de
Mario Lazo cuando Castro fue reclutado, tales como Willard Beulac
y William Pawley, también aparecieran como por arte de
magia en Bogotá cuando ocurrieron los hechos.
También estaba allí el misterioso personaje William
Wieland (también conocido como Arturo Montenegro), quien
junto con Roy Rubbotom (también en Bogotá) luego
jugara un papel importante en apuntalar a Castro en el poder después
de 1959. Ambos, Wieland y Rubbotom eran funcionarios del Departamento
de Estado, una dependencia del gobierno norteamericano que desde
comienzos del siglo pasado ya había caído bajo el
control de los banqueros.
La participación real de Castro y la CIA en el Bogotazo
tal vez sea uno de los secretos mejor guardados por los banqueros
del CFR. Aunque casi todo el mundo ha oído mencionar la
participación de la CIA en los derrocamientos de Arbenz
en Guatemala y Mossadegh en Irán, dos operaciones iniciales
de la CIA en beneficio de sus amos, muy pocos relacionan a esta
agencia de inteligencia con el Bogotazo.
El Bogotazo fue en realidad una operación de guerra psicológica
perpetrada contra los pueblos norteamericano y latinoamericanos.
Esta consiste esencialmente en crear un gran peligro imaginario,
para que los amenazados acepten el verdadero peligro como un mal
menor. El verdero motivo del Bogotazo fue que, tras la desaparición
de la Alemania nazi que ellos mismos habían creado, los
conspiradores del CFR necesitaban crear un nuevo enemigo. El objetivo
del Bogotazo fue implantar en las mentes de los pueblos del continente
americano el miedo al nuevo enemigo: el comunismo soviético
-- que los mismos conspiradores del CFR también habían
contribuido a crear.
De modo que, de acuerdo a lo planeado, al siguiente día
de haber comenzado los disturbios, y sin preocuparse por obtener
pruebas, Marshall culpó a los comunistas por los sucesos.
Poco más tarde, los aterrados cancilleres, que antes habían
manifestado sus dudas acerca de los objetivos de la Conferencia,
firmaron sin protestar una resolución condenando el comunismo
y luego aprobaron la creación de la Organización
de Estados Americanos -- la tristemente célebre OEA. Acto
seguido, el gobierno colombiano rompió sus relaciones diplomáticas
con la Unión Soviética. Poco después, otros
países de América Latina siguieron su ejemplo.
Pero quienes investigaron los sucesos del Bogotazo nunca pudieron
hallar evidencia alguna de que los comunistas hubieran creado,
participado, o se beneficiaran con en el incidente. Por el contrario,
muchos partidos comunistas del área fueron declarados ilegales,
y la Unión Soviética sufrió un revés
en su intento de profundizar sus relaciones diplomáticas
y comerciales con América Latina.
La mayor parte de la evidencia que se alega en favor de que el
Bogotazo fue instigado por los comunistas son las pistas falsas
que aportó el propio agente provocador, Fidel Castro, tales
como lanzar volantes con literatura comunista en el teatro Colón
unos días antes de los disturbios, dejar libros marxistas
en su habitación del hotel Claridge, y hacer un llamado
por una estación de radio, que supuestamente controlaban
los comunistas, en el que incitaba a las turbas a ir a Palacio
y tomar el poder.
Este último detalle, aportado por William Pawley durante
un testimonio ante el Congreso de los E.U. probablemente sea falso.
La razón de mi sospecha se debe a que Pawley, quien afirma
que lo oyó en la radio del automóvil en que viajaba
durante los disturbios, no sólo estaba presente en casa
de Lazo durante el reclutamiento de Castro, sino que era amigo
cercano de Allen Dulles y, como éste, agente secreto de
los conspiradores del CFR.
Pocas semanas después de los sangrientos sucesos, el primer
Director de la CIA, Almirante Roscoe Hillenkoetter, declaró
ante un comité senatorial que Roa Sierra había sido
el asesino de Gaitán y que había actuado por motivos
puramente personales. Este es posiblemente el primer caso en el
que un “error” de la CIA -- tanto en identificar al
verdadero asesino como en predecir los disturbios -- benefició
directamente a sus verdaderos amos. La operación Bogotazo
fue un éxito total para los banqueros, pues marcó
el comienzo de la Guerra Fría en el continente Americano.
Demás está decir que la Guerra Fría fue altamente
lucrativa para los banqueros, los magnates petroleros, y las corporaciones
transnacionales -- lo que el Presidente Roosevelt después
llamó el “complejo militar-industrial” norteamericano.
Es interesante notar que los conspiradores han venido repitiendo
casi exactamente una y otra vez con gran éxito este tipo
de operación de guerra psicológica, cuyo objetivo
es implantar el miedo en las mentes de los ciudadanos para que
acepten cosas que de otra forma nunca aceptarían. Una de
las más recientes lo fue los sucesos del 11 de Septiembre
del 2001, encaminados a implantar el nuevo miedo necesario después
de la desaparición de la Unión Soviética:
el miedo al terrorismo.
Como dato curioso, en la operación 11 de Septiembre también
el agente Alex jugó su papel de agente provocador reclutando
incautos en el mundo musulmán. Véase mi artículo
“A Sad Day For Fidel Castro?” que ha sido publicado
en varios sitios en la Internet.
Unos años después del éxito de la operación
Bogotazo, los conspiradores del CFR confrontaron un nuevo problema:
Nikita Jrushchov sorpresivamente expuso al mundo su política
de la coexistencia pacífica, la cual implicaba la continuación
de la lucha comunismo VS. capitalismo, pero sólo en el
plano comercial y cultural, no en el militar. Esto preocupó
mucho a los banqueros y las corporaciones, pues la nueva política
de Jrushchov amenazaba terminar con la lucrativa Guerra Fría.
Y de nuevo recurrieron los banqueros de Wall Street a su eficiente
agente secreto Alex, quien tanto éxito había tenido
durante el Bogotazo. Por eso le facilitaron, con la complicidad
de su títere Batista, la toma del poder en Cuba, para que
luego se les infiltrara a los soviéticos y los incitara
a calentar la Guerra Fría.
Después que Castro tomó el poder en Cuba, y de que
comenzara a metérsele por los ojos a los soviéticos,
el Premier soviético Nikita Jrushchov comenzó a
tener serias dudas sobre el “comunismo” de Fidel Castro.
Según afirmó el hijo de Nikita, Serguei Jrushchov,
en un discurso que pronunció en la Universidad de Tulsa
en Oklahoma, cuando Castro tomó el poder en Cuba en 1959,
su padre y otros líderes soviéticos estaban convencidos
de que éste trabajaba para la CIA (lo cual me demostró
que no había sido yo el primero en sospecharlo, sino que
Jrushchov se me había adelantado por varios años).
Pero los banqueros usaron de nuevo a su CIA para facilitarle en
bandeja de plata a Castro la victoria de Bahía de Cochinos.
Esta es una técnica que en la terminología de la
inteligencia y el espionaje se conoce como la “cimentación
de la bona fides” de un topo que ha logrado infiltrarse
en una organización enemiga. Esto se logra facilitándole
al topo éxitos artificiales que prueben su valía
para la organización en la que ha logrado infiltrarse.
La inesperada victoria en la Bahía de Cochinos convenció
a los líderes soviéticos de que Castro era lo que
decía ser, y no un agente al servicio de los norteamericanos.
Craso error.
Por otra parte, siempre he tenido la sospecha de que algunos de
los líderes soviéticos (e.g. Ponomarev, Suslov,
y posiblemente Mikoyan) habían sido reclutados por los
conspiradores del CFR, y fueron estos quienes a su vez convencieron
a Jrushchov de las buenas intenciones del “marxista”
Fidel. Prueba de la influencia del los banqueros de Wall Street
en el Kremlin es que, a mediados de Agosto de 1964, después
de la crisis de los cohetes en la que Jrushchov hizo cosas que
no debía, David Rockefeller viajó a Moscú
y tuvo una larga entrevista secreta con Jrushchov. Menos de un
mes más tarde el líder soviético fue depuesto.
Earl E. T. Smith, el último embajador norteamericano en
Cuba hasta la caída de Batista, escribió El
Cuarto Piso, un libro revelador en el que acusa directamente
a la CIA y a funcionarios del Departamento de Estado norteamericano
por haber facilitado la toma del poder en Cuba por Fidel Castro.
Lo que el embajador Smith ignoraba cuando escribió su libro
era que tanto el Departamento de Estado como la CIA estaban bajo
el control de los banqueros de Wall Street.
Desde fines de la década de los sesenta, los banqueros
de Wall Street y las transnacionales aglutinados en el Consejo
de Relaciones Exteriores (CFR) se valieron de su nuevo agente
secreto, Fidel Castro, para infiltrar y destruir los grupos insurgentes
en América Latina que el mismo Castro y la CIA habían
fomentado. También el agente secreto de los banqueros,
Henry Kissinger, en estrecha colaboración con Castro y
la CIA, tuvo un papel cardinal en el derrocamiento de gobiernos
democráticamente electos y la toma del poder por dictaduras
militares en África y América Latina.
Es interesante notar que casi todos los nombres mencionados en
relación con el derrocamiento de Allende (e.g., Henry Kissinger,
Robert McNamara, Paul Volcker, William Colby) , eran miembros
del CFR, es decir, agentes secretos de los banqueros infiltrados
en el gobierno norteamericano.
Actualmente, los mismos banqueros del CFR que ordenaron el derrocamiento
de Allende se esfuerzan en imponer a los pueblos de América
Latina varios acuerdos de “libre comercio”. Si el
actual Tratado de Libre Comercio -- un proyecto mediante el cual
los únicos beneficiados son los dueños de multinacionales
extranjeras, que tienen el poder de destruir la pequeña
y mediana industria latinoamericana -- sirve de ejemplo, ya podemos
imaginarnos lo que les espera a los pueblos latinoamericanos.
En esta nueva operación de guerra psicológica para
facilitar la agresión económica y política
de los banqueros juegan un papel cardinal el Agente Castro y su
sub-agente Hugo Chávez. Las clases dominantes de América
Latina tienen sobradas razones de temer la penetración
norteamericana, pero temen aún más el supuesto comunismo
del Castrochavismo. De modo que aceptan a regañadientes
como un mal menor los tratados con el gobierno norteamericano
impuestos por los conspiradores del CFR. Cualquier parecido con
la operación Bogotazo no es pura coincidencia.
La globalización, la apertura económica y los tratados
de libre comercio que los banqueros y las transnacionales quieren
implantar en todo el continente americano, van en detrimento de
las libertades de los pueblos. Todo estos tratados de libre comercio
(que es libre tan sólo para las transnacionales), la protección
del medio ambiente (que en realidad abren el camino para que las
transnacionales lo destruyan aún más), el desarrollo
sostenido y el calentamiento global (que en realidad implican
una vuelta de los pueblos a niveles de consumo pre-industriales),
así como el darwinismo, y la evolución (que no son
sino teorías sin base científica para justificar
las medidas eugenésicas de eliminación masiva de
la población), son parte del llamado Nuevo Orden Mundial
(que no es sino un totalitarismo comuno-fascista a nivel global).
Estas medidas, tratados y teorías tan sólo encubren
las intenciones secretas de una minoría de banqueros y
magnates de transnacionales cuyo objetivo final es eliminar el
85 porciento de la población del planeta y reducir los
sobrevivientes a la condición de siervos feudales. Desafortunadamente
esta minoría ha logrado infiltrarse en el gobierno de los
Estados Unidos y ahora lo controla totalmente, y en estos momentos
está en proceso de infiltrarse y controlar los gobiernos
de los países de América Latina. (Véase,
por ejemplo, mi artículo “México en la encrucijada”.)
Castro y el asesinato del Presidente Allende
Los conspiradores de Wall Street siempre han buscado crear enemigos
de los Estados Unidos que justifiquen la carrera armamentista
de ese país, de la cual cual son ellos los únicos
que se benefician, no el pueblo norteamericano. La tarea de Castro
consistía en hacer de Allende otro enemigo más de
los Estados Unidos -- tal como ha hecho ahora con el sub-agente
Hugo Chávez. Pero el presidente chileno no era un gorila
inculto como Chávez, sino una persona educada, inteligente,
y amante de las leyes de su país, y al parecer tenía
una idea bien diferente de la de Castro.
Según comentarios hechos a sus colaboradores cercanos,
algunos expresados durante el vuelo de regreso a Cuba, durante
su larga visita a Chile Castro llegó a la conclusión
de que Allende no iba a ser un dócil instrumento para sus
fines. Por otra parte, Allende también parece haber llegado
a la conclusión de que la amistad con Fidel Castro no lo
beneficiaba. Prueba de esto es su negativa a presentarse en el
acto final de despedida a Castro y el hecho de que, tal como acostumbra
el protocolo, no firmara una declaración conjunta con Castro
al final de su viaje.
Cuando Castro le comunicó a sus amos de Wall Street el
fracaso de sus intentos de incitar a Allende a tomar el camino
de la revolución violenta, éstos decidieron que
había que deshacerse del presidente de Chile. Para ello
se valieron de su departamento especializado en subversión
y guerra psicológica, la CIA, y de dos de sus más
valiosos agentes: Henry Kissinger y Fidel Castro.
La experiencia que obtuvo Kissinger con el asesinato de Allende
le sirvió de mucho al planear el asesinato del Primer Ministro
Aldo Moro en 1978. Por cierto, es probable que algunos de los
miembros de las Brigadas Rojas que asesinaron a Moro siguiendo
órdenes de la CIA hayan sido entrenados en Cuba.
En cuanto a Castro, no sólo cumplió la orden a cabalidad,
sino que lo hizo con gusto. En primer lugar por su odio irracional
hacia todo jefe de estado. En segundo lugar, por la humillación
a que lo sometió Allende cuando se negó a asistir
al acto en el estadio. No hay que olvidar que Castro es una persona
que nunca perdona una humillación, real o imaginaria.
Fidel Castro tuvo un papel decisivo en minar el gobierno de Allende.
En primer lugar, porque organizó, financió y armó
al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, un grupo izquierdista
radical que trataba de implantar el socialismo en Chile por medio
de actividades criminales violentas, tales como el terrorismo,
asaltos a bancos, y asesinatos. En segundo lugar, porque Castro
también colaboró y dio entrenamiento militar y armas
a los miembros de extrema izquierda del propio partido de Allende.
Al momento del golpe, había en Chile cerca de 13,000 extranjeros,
la mayor de ellos cubanos, que habían entrado ilegalmente
al país. Estos extranjeros estaban creando un ejército
paralelo que pudiera oponerse a las fuerzas regulares chilenas.
Muchos de estos cubanos lograron ocupar posiciones administrativas
importantes en oficinas del estado chileno.
Al momento del golpe, la embajada cubana en Santiago había
acreditado 42 diplomáticos, en contraste con sólo
seis en la embajada de Chile en La Habana. Durante el año
del golpe, 987 cubanos visitaron Chile en misiones diplomáticas
o comerciales. Se sabe que muchos de ellos intervinieron en actividades
políticas y económicas del gobierno chileno, particularmente
las relacionadas con la presidencia de la república. La
mayor parte de los instructores y líderes de los grupos
paramilitares eran cubanos o habían sido entrenados en
Cuba.
Más tarde, con su visita oficial a Chile de una semana
que prolongó por 21 días, precisamente en el momento
crítico en que el gobierno de la Unidad Popular enfrentaba
una fuerte oposición de la centroderecha, el huésped
inoportuno e injerencista causó aún más problemas.
Durante tres semanas, en un esfuerzo por causar el mayor daño
posible al gobierno de Allende, Castro se paseó por Chile
alabando en concentraciones populares las medidas radicales de
su propio régimen, criticando la democracia parlamentaria,
enseñando cómo se hace una revolución marxista,
y ganándose la animadversión de los conservadores
y los militares.
Al despedirse del pueblo chileno durante su discurso en el acto
del Estadio Nacional -- al que Allende como muestra de su disgusto
no asisitió --, Castro declaró, en una evidente
crítica a Allende, que regresaba a Cuba “…
más revolucionario y extremista de lo que vine.”
La respuesta a la provocación de Castro -- tal vez en estrecha
coordinación con la CIA -- no se hizo esperar. Ese mismo
día miles de mujeres de la oposición se lanzaron
a las calles haciendo sonar sus cazuelas como protesta por la
carestía de alimentos.
En realidad Castro estaba haciendo lo que siempre ha hecho con
gran éxito en favor de sus amos del CFR: actuar como agente
provocador, impulsando a otros por caminos no deseados. Mientras
expresaba en público su apoyo a Allende, tras bastidores
manipulaba a militantes extremistas entrenados en Cuba para que
presionaran a Allende desde la extrema izquierda.
No conforme con haber hostigado y conspirado contra Allende en
vida, Castro también trató de manipularlo para sus
fines ocultos después de muerto. En un discurso que pronunció
en La Habana el 28 de Septiembre de 1973, Castro le contó
al mundo la falsa historia de que Allende había caído
en La Moneda combatiendo con el fusil que él mismo le había
regalado.
Pero tal parece que el odio de Fidel Castro hacia los Allende
no se limitó al Presidente. Poco tiempo despues se dio
a conocer que Beatriz “Tati” Allende se había
suicidado pegándose un tiro con la pistola de su esposo,
Luis Fernández de Oña, oficial de la Seguridad cubana.
No pasó mucho tiempo antes de que Laura, la hermana de
Allende, también se suicidara al lanzarse del piso 16 del
apartamento donde vivía en la barriada del Vedado.
Un hecho que pone de manifiesto el verdadero lado malvado de Fidel
Castro es su conducta en relación con “Tati”
Allende.
Beatriz Allende ,“Tati”, era la colaboradora más
próxima al presidente, y dirigía el equipo de la
secretaría privada en el Palacio de La Moneda. A fin de
usarla para sus fines, Fidel Castro designó al apuesto
cubano Luis Fernández de Oña (alias “Demid”)
para que se pasara por diplomático, la sedujera y se casara
con ella para controlarla y obtener información. Después
del golpe militar, Beatriz marchó al exilio en Cuba con
su esposo. Pero, una vez allí, Fernández de Oña
volvió con su primera esposa, y le explicó a Beatriz
que nunca la había querido y que se había casado
con ella siguiendo órdenes superiores.
Como se puede apreciar, el tratamiento de Castro hacia la hija
de Allende, que se inició mucho antes de las primeras diferencias
entre Castro y Allende, más que amistoso fue traicionero
y hostil. Sin embargo, esto no es sorprendente, sino que marca
un estilo de comportamiento típico de Fidel Castro. Muchos
que lo han conocido de cerca afirman que Castro no tiene amigos,
y que usa a los que lo rodean como fichas en su juego secreto,
y luego las descarta cuando le conviene sin siquiera un asomo
de escrúpulos.
Después de concer el papel cardinal que jugó Fidel
Castro en la desestabilización, el derrocamiento, y posiblemente
en la eliminación física de Salvador Allende, sería
un error pensar que sus motivos fueron tan sólo personales.
Es cierto que el modelo chileno del socialismo estaba en contradicción
con el castrista de la vía violenta. También es
cierto que Allende humilló a Castro, y éste no perdona
las humillaciones.
Más aún, en los primeros momentos del ataque a
La Moneda, Castro se comunicó con Allende y le sugirió
que distribuyera armas a la población para crear un alzamiento
nacional en contra de los militares. Pero Allende, consciente
de que esto sumiría el país en un baño de
sangre, se negó a seguir el consejo de Castro.
Pero lo más probable es que las órdenes de eliminar
a Allende las haya recibido Fidel Castro directamene de sus verdaderos
amos: los banqueros de Wall Street.
En realidad el derrocamiento y asesinato de Allende fue dictado
el 16 de Septiembre de 1970, tan sólo 12 días después
que Allende ganó las elecciones y esperaba por la confirmación
del Congreso chileno. La orden la comunicó el agente criminal
internacional Henry Kissinger, portavoz de los banqueros, en una
conferencia de prensa que ofreció en Chicago como asistente
especial de la Casa Blanca en asuntos de seguridad nacional. Según
Kissinger, si Allende era confirmado, un régimen comunista
surgiría en Chile, y pronto Argentina, Bolivia y Perú
seguirían el ejemplo.
Por supuesto, que no hay que dejarse engañar con el lenguaje
de Kissinger. La creación de un régimen “comunista”
en Chile, y que el ejemplo cundiera en América Latina,
era precisamente el sueño dorado de los banqueros y del
complejo militar-industrial norteamericano, siempre en busca de
enemigos.
Desgraciadamente para los banqueros, y a pesar de los esfuerzos
de su agente Fidel Castro, Allende se negó a implementar
en Chile el régimen comunista con el que soñaban
los amos de Castro. Se sospecha que las operaciones desestabilizadoras
de la CIA en Chile fueron autorizadas por el super-secreto “Comité
de los 40”, que dirigía Kissinger en el Consejo de
Seguridad Nacional.
Es bueno recordar que el Consejo de Seguridad Nacional (NSC)
y la CIA fueron creados en 1947 por los banqueros para sus propios
fines secretos. Al tener en sus manos el control de la CIA, del
NSC, y del Departamento de Estado -- del cual ya se habían
apoderado desde hacía muchos años -- los banqueros
lograron establecer un control casi total sobre el gobierno de
los estados Unidos.
Después de los dramáticos sucesos del 11 de Septiembre
del 2001, muchos ciudadanos de los Estados Unidos han comenzado
a preguntarse, “¿Por qué nos odian tanto a
nosotros?” La respuesta de los liberales e izquierdistas
es “porque los Estados Unidos es un país imperialista
y agresor”, la de los conservadores y derechistas, “porque
nos envidian”. Pero ambas respuestas son erróneas,
debido a que la pregunta en sí misma ha sido erróneamente
formulada. La pregunta correcta debía ser algo así
como, “¿Por qué nos odian tanto a nosotros
en vez de odiarlos a ellos?
Porque el imperialismo norteamericano y las guerras de agresión
en todo el mundo no son el resultado de la voluntad del pueblo
norteamericano, sino de lactividad de ellos, los banqueros
de Wall Street y las transnacionales. Ellos son los que
han usurpado el gobierno de los Estados Unidos y lo usan para
sus propios fines. Si el mundo ha sufrido las nefastas consecuencias
del imperialismo norteamericano controlado por ellos,
no es menos cierto que el pueblo norteamericano también
los ha sufrido, y los sufrirá aún más en
el futuro cercano. Si de algo es culpable el pueblo norteamericano
no es de esos actos de agresión instigados por ellos,
sino de haber permitido que los conspiradores se hayan apropiado
ilegítimamente del gobierno de su país.
Por tanto, siguiendo el consejo de Sun Tzu, una investigación
de quiénes son nuestros verdaderos enemigos se impone,
tanto para los norteamericanos como para los latinoamericanos.
Epílogo
Hace algunos días se difundió en la internet la
noticia de que algunos de los personeros castristas, como ratas
asustadas, han comenzado a abandonar el barco que indudablemente
se irá a pique poco después de que se anuncie la
muerte de Fidel Castro. Uno de los primeros en partir sigilosamente
ha sido Silvio Rodríguez, el más conocido exponente
de la cancion protesta en Cuba sociolista, que ahora, convertido
en millonario capitalista que no protesta, ha comenzado su mudada
a Chile.
Pero Silvio no es el único. Alguien ha publicado en la
Internet una larga lista de altas figuras de la nomenklatura
castrista que también han comenzado a poner en práctica
su plan de escape. A ese fin, han comprado fastuosas residencias
y otras propiedades en el extranjero. Entre ellos se encuentran
el propio Raúl Castro, así como la mujer de Fidel,
Dalia Soto del Valle, y gran parte de su familia. El país
escogido por este grupo de delincuentes comunes que han saqueado
al pueblo cubano y destruido Cuba ha resultado ser Chile.
En las manos de todos los chilenos, sean de derecha o de izquierda,
que quieran a su país, cae la responsibilidad de hallar
la verdad, por desagradable que ésta sea, sobre la muerte
del presidente Salvador Allende. Sería un grave error,
que las futuras generaciones de chilenos jamás perdonarían,
que, debido a intereses sectarios, se ocultara la verdad y los
cómpliceds del asesinato de Allende fueran recibidos y
acogidos en el seno del pueblo que traicionaron.
Cualquiera que hallan sido los errores que cometió Salvador
Allende, no me cabe duda de que sus sentimientos eran de buscar
lo mejor para su país. Contrariamente a Castro, no creo
que Allende persiguiera la destrucción de Chile y su pueblo.
Lamentablemente, cuando no siguió el consejo de Castro
de convertir su gobierno en un émulo del totalitarismo
castrista, y luego, cuando intuyó que Fidel Castro no era
quien pretendía ser y no asistió al acto en el Estadio
Nacional, Salvador Allende marcó su destino, pero ya era
demasiado tarde y pagó con su vida su error.
Como en medios izquierdistas y progresistas chilenos Fidel Castro
aún continúa siendo una figura venerada, sería
una buena idea reabrir una investigación imparcial sobre
la muerte de Salvador Allende, en la que todas las tendencias
políticas chilenas estén representadas,. El pueblo
chileno debe saber la verdad sobre quiénes fueron los que
contribuyeron directamente a la muerte de su presidente. Si la
evidencia indica que Fidel Castro, la CIA, y los banqueros de
Wall Street atrincherados en el Consejo de Relaciones Exteriores
fueron quienes conspiraron activamente para cometer el magnicidio,
es bueno que los chilenos lo sepan y saquen sus propias conclusiones.
Sería bueno que los latinoamericanos que sinceramente se
oponen a la penetración y el control en América
Latina del llamado imperialismo norteamericano -- que no es sino
el imperialismo de los banqueros de Wall Street y las transnacionales
que ilegalmente controlan el gobierno norteamericano -- leyeran
y estudiaran en detalle a Sun Tzu. Tal vez así lleguen
a la conclusión de que, si bien es cierto que el enemigo
de nuestro enemigo es nuestro amigo, no es menos cierto que el
falso enemigo de nuestro enemigo es peor que nuestro enemigo.
Como bien dijera Marco Tulio Cicerón,
Una nación puede sobrevivir a sus tontos, e incluso
a sus ambiciosos. Pero no puede sobrevivir a la traición
desde adentro. . . . Un asesino es menos de temer. El traidor
es la plaga.
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Servando González es un escritor norteamericano nacido
en Cuba. Entre sus libros publicados están Observando,
Historia herética de la revolución fidelista, The
Secret Fidel Castro: Deconstructing the Symbol, The Nuclear Deception:
Nikita Khrushchev and the Cuban Missile Crisis y La madre
de todas las conspiraciones: una novela de ideas subversivas.
También es autor de los multimedia Hypertext for Beginners,
Popol Vuh: An Interactive Educational Game, The Riddle of the
Swastika: A Study in Symbolism, y otros.
El primer documental en DVD de la serie TruthLies with Servando
Gonzalez, Treason in America: The Council on Foreign Relations,
acaba de ser publicado y puede ser adquirido en Amazon.com.
El segundo, Partners in Treason: The CFR-CIA-Castro Connection,
aparecerá a medianos de junio. Una introducción
general a la serie TruthLies puede ser vista en Google
Video. |